CRUCE de A3

Cruce de A3La calle tenía ese característico color que avisa de la llegada del otoño y el olor a humedad que desprenden las primeras lluvias. Parada al borde de la calzada con una mano en el bolsillo y la otra sujetando un cigarrillo que se consumía más con el viento que con mis caladas, reparé en su presencia. Se encontraba en pie al otro lado de la calle esperando paciente que pasara la multitud de vehículos que circulaban atropelladamente queriendo llegar cuanto antes a su destino.

Caminamos directos el uno al otro y fue en el mismo instante en que se perdía a lo lejos el estruendo de la moto que un segundo antes se interpuso entre nuestras miradas, cuando me encontré sintiendo el calor de un cuerpo pegado al mío. Cuatro manos y dos bocas circulando por los senderos de mi piel y de su piel, arrancándonos la ropa y dejándonos llevar por la humedad producida por nuestro propio otoño, hasta que, como en Pangea, los senderos pertenecieron a una única unidad.

Nuestro gemido se perdió a lo lejos… quizá en busca del sonido del motor de aquella moto y volvimos a ser dos. Cinco segundos fue lo que tardé en llegar al otro lado de la calzada. 

Agosto 2009
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